Resumiendo, la condición de confort térmico –esa satisfacción que uno siente por el ambiente en el que se encuentra desarrollando sus actividades– no es fácil de conseguir pues intervienen varios factores: algunos propios de la vivienda ya construida –como su orientación, diseño arquitectónico y su calidad especialmente de terminaciones– y otros como la actividad que uno esté desarrollando, la calidad de la vestimenta que llevemos y cómo llevamos a cabo la gestión de la energía. Si mantenemos un nivel alto de temperaturas ocupando mucha calefacción, es probable que la distribución interior de la temperatura sea tan dispareja que requiramos enfriar algunos sectores –los del entorno del foco de calefacción– por la vía más rápida, ventilando vía ventanas, lo que significa derrochar calor cuya generación tiene no sólo el costo del combustible consumido sino también el de los negativos efectos ambientales. Si la orientación de las entradas a la vivienda no es la adecuada, cada ingreso a ella provocará pérdidas de energías y desbalance térmico, afectando el confort interior; si, por su parte, la hermeticidad de la construcción es deficiente, las pérdidas de energía por infiltración serán notorias en la sensación de bienestar, y el rendimiento de la vivienda será magro, peor al unirlo a cuentas elevadas de combustible.
Las características de Magallanes –encasillada junto a las cordilleranas como Zona 7 en la descripción climática de nuestro país– exigen calefacción todos los días del año para una temperatura interior adecuada que nos acerque al ‘confort térmico’. Comprender cuáles y cómo inciden estos factores en el logro de esta sensación de bienestar, nos ayudará a seguir disfrutando la vida en nuestro hogar en el Fin del Mundo y a hacerlo con el gasto preciso de calefacción y la mejor gestión de los elementos que están en nuestra mano.